Perder la libertad es como perder el aire; la vida continúa,
pero en las horas lentas y pesadas que transcurren en
prisión, uno puede verse atrapado en una espiral cada vez
más perturbadora. El protagonista de Pink Cadillac Man es
Róbinson Sánchez, un cubano condenado por homicidio en
una prisión del suroeste de Estados Unidos. Él se declara
inocente, aunque, ¿quién no lo haría en su situación?
A partir de este punto de partida, la novela trasciende el
género del drama carcelario, volando más alto y más lejos,
impulsada tanto por la realidad, como por el deseo, como
por las pesadillas. Los recuerdos de Sonny son tan vívidos
como la presencia de los otros presos, criminales de la
peor calaña, charlatanes y asesinos, drogadictos sin
nobleza ni heroísmo lastrados por las circunstancias. Es el
caso de Wilbur, el bueno del viejo Wilbur, a quien se le
agrieta el alma en esquirlas de blues; de Franks, el indio; o
de los chicanos, don Rafael y el Tino Seisdedos, que
planean fugarse. Junto a ellos, los guardias: aburridos y
violentos como domadores en la jaula de las fieras.
El día a día en la Penitenciaría Federal de Alta Seguridad
de El Secadero está retratado con la crudeza de un Edward
Bunker; otras veces, la narración se remansa, se vuelve
reflexiva y sobria como los cuadernos entre rejas de
Antonio Gramsci. Una alternancia entre brutalidad e
introspección que permite al lector adentrarse tanto en la
realidad física de la cárcel como en la profundidad
psicológica de sus personajes.